La ultima pelea por el Estrecho de ORMUZ

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Trump y sus estrategias “ideal”
Durante el año pasado se vivió el tema de los aranceles impulsados por Donald Trump y su cuestionada política exterior. Aunque en teoría estas medidas buscaban beneficios económicos, en la práctica generaron distorsiones en los mercados. Muchos de esos aranceles terminaron siendo retirados hacia finales de año.
Esto provocó una fuerte caída en las bolsas y episodios de alta volatilidad que muchos interpretaron como manipulación del mercado. Sin embargo, posteriormente los mercados marcaron nuevos máximos históricos, incluso sin un respaldo político claro. Es decir, tras una caída significativa, se produjo una recuperación excepcional.
Este comportamiento comenzó a mediados de primavera y, para verano, el mercado retomó una tendencia alcista. Actualmente, estamos viendo un escenario similar, pero ahora influido por tensiones en Irán y cambios en la política monetaria de la Reserva Federal. Esto obliga a analizar si se repetirá el patrón del año pasado o si, por el contrario, enfrentamos un deterioro más profundo de la economía global.

Últimas palabras y cambio en la FED
El día de hoy se llevará a cabo una conferencia clave encabezada por Jerome Powell, donde se definirá la postura sobre las tasas de interés. Todo apunta a que no habrá cambios.
Subir las tasas no parece viable debido al impacto negativo que tendría en la liquidez global. Por otro lado, bajarlas podría incrementar la inflación y generar aún más incertidumbre, especialmente considerando el contexto geopolítico en Medio Oriente y el aumento en los precios del petróleo.
En este escenario, lo más prudente parece ser mantener las tasas y esperar a la siguiente reunión, posiblemente bajo un nuevo liderazgo en la FED, que asuma la responsabilidad de las decisiones futuras. También será clave observar cómo evoluciona la situación en Medio Oriente.


Medio Oriente y las petromonarquías
La situación en Medio Oriente continúa estancada, sin señales claras de paz o alto al fuego. En Irán, comienzan a observarse tensiones internas, con divisiones dentro de estructuras como la Guardia Islámica, lo que refleja una posible fragmentación del poder.
Esta falta de cohesión se traduce en negociaciones inconsistentes y una pérdida de control interno, lo que podría desestabilizar aún más la región. Al mismo tiempo, las petromonarquías enfrentan crecientes riesgos ante la posibilidad de una expansión del conflicto.
Uno de los puntos más críticos es el control del Estrecho de Ormuz, una zona estratégica clave para el comercio mundial de petróleo. La disputa por esta región incrementa la tensión entre Irán y los países árabes.
Además, el conflicto ha escalado progresivamente:
2025: ataques a instalaciones nucleares iraníes.
2026: destrucción parcial de infraestructura militar y eliminación de líderes clave.
Estados Unidos ha reforzado su presencia militar en la zona, aumentando el despliegue de portaaviones y logística aérea, lo que sugiere preparación para un posible conflicto mayor.

Un punto de inflexión global
Nos encontramos en un punto crítico donde la próxima decisión podría escalar el conflicto significativamente. Aunque algunos informes indican desgaste militar por parte de EE. UU., sigue siendo una de las potencias más fuertes del mundo.
Un eventual impulso a políticas de guerra podría reactivar la economía a través de la industria militar. Por su parte, Irán, a pesar de las pérdidas, aún mantiene capacidad de respuesta y apoyo indirecto de aliados.
El actual alto al fuego, más que una solución, parece una pausa estratégica para que ambas partes se rearmen antes de tomar decisiones definitivas.

Los aliados del régimen y el nuevo equilibrio global
En paralelo, el conflicto entre Rusia y Ucrania muestra cambios importantes. Rusia enfrenta dificultades debido a la reducción de apoyo externo, problemas de moral interna y pérdidas en infraestructura militar.
Ucrania, por su parte, ha avanzado significativamente en innovación tecnológica militar, especialmente en el uso de drones, logrando resultados relevantes en el campo de batalla. Esto no solo le ha permitido resistir, sino también posicionarse como referente en tecnología militar de bajo costo.
Además, el desgaste económico de Rusia, especialmente en el sector energético, limita su capacidad de sostener el conflicto a largo plazo.

China y la estrategia energética
Por otro lado, China juega un papel clave en este escenario. Continúa comprando petróleo a Irán, lo que le permite a este último sostener parte de su esfuerzo bélico.
Esto ha generado tensiones con Estados Unidos, que ha respondido con amenazas de sanciones y restricciones comerciales. En respuesta, China ha optado por fortalecer sus reservas estratégicas de petróleo y minerales, incluso pagando precios elevados.
Este comportamiento sugiere que China se está preparando para un posible escenario de crisis económica global, asegurando recursos clave para el futuro.

Petróleo y Estados Unidos
En la industria del petróleo existe un grupo clave de países productores conocido como la OPEP, cuya función principal es coordinar la producción para influir en los precios del mercado global.
Sin embargo, en medio de la actual crisis energética y geopolítica, los Emiratos Árabes Unidos han decidido abandonar este grupo el 28 de abril de 2026. Esta decisión responde a una estrategia de largo plazo: liberarse de las cuotas de producción impuestas por la OPEP y poder aumentar su producción de forma independiente.
El contexto de guerra en la región, especialmente por las tensiones en el Estrecho de Ormuz, aceleró esta salida, ya que afecta directamente la oferta global de petróleo.
Al actuar fuera del cartel, Emiratos podrá decidir cuánto producir y a quién vender, lo que potencialmente aumentará la oferta en el futuro y podría presionar los precios a la baja. Sin embargo, en el corto plazo, el conflicto ha mantenido los precios elevados, incluso por encima de los 100 dólares por barril.
Esta situación también se alinea parcialmente con el discurso de Donald Trump, quien ha criticado históricamente a la OPEP por mantener precios altos de la energía, afectando tanto a Estados Unidos como a la economía global.

Venezuela y la situación actual
Por otro lado, Venezuela vuelve a posicionarse dentro del mercado petrolero internacional. Aunque aún no es un país completamente estable ni confiable, ha retomado la exportación de petróleo bajo cierta supervisión internacional, especialmente con influencia de Estados Unidos en aspectos operativos e infraestructura.
A corto plazo, los beneficios siguen siendo limitados debido al deterioro de sus instalaciones y años de baja inversión. Sin embargo, si el conflicto en Medio Oriente se prolonga, la reconstrucción de infraestructura en esa región podría tomar tanto tiempo como la recuperación venezolana.
Esto abre una oportunidad estratégica: Venezuela podría convertirse en un proveedor alternativo más estable geográficamente para algunos compradores, especialmente si cuenta con respaldo indirecto de Estados Unidos.
En caso de que se den las condiciones adecuadas —mejora en infraestructura, estabilidad política relativa y continuidad en la producción—, Venezuela podría enfrentar una etapa importante de crecimiento dentro del mercado energético global.

Punto de inflexión en la guerra.
El conflicto ha llegado a un punto de inflexión en el que rendirse o atacar primero puede definir el resultado. Actualmente, hay varios factores sobre la mesa que podrían desencadenar distintos escenarios.
En primer lugar, Estados Unidos parece estar adoptando una estrategia de espera, enfocándose en afectar las exportaciones de petróleo de Irán para ejercer presión económica. La intención sería debilitar al gobierno iraní desde dentro, provocando descontento social que derive en protestas o incluso en una rebelión. Aunque también existe la opción de una intervención militar directa, esta parece poco probable debido a su complejidad y al desgaste de recursos. Se estima que una parte significativa de las reservas militares estadounidenses ya se ha utilizado, y su recuperación podría tomar entre dos y cuatro años. Además, Estados Unidos no puede descuidar otras tensiones geopolíticas, como las relacionadas con Taiwán y China.
Por otro lado, Irán también enfrenta limitaciones, ya que habría reducido considerablemente sus recursos militares. Sin embargo, mantiene una posición estratégica relevante al controlar el estrecho de Ormuz, una ruta clave para el comercio mundial de petróleo. El cierre o bloqueo de este paso podría tener consecuencias globales, aumentando la presión internacional. A esto se suma una aparente falta de cohesión interna entre sus líderes y la Guardia Revolucionaria, lo que sugiere posibles tensiones o incluso un vacío de poder.
En este contexto, se pueden plantear dos escenarios principales. Por un lado, que Estados Unidos intensifique la presión económica hasta provocar la caída del régimen iraní, ya sea por una revuelta interna o por un debilitamiento progresivo. Por otro lado, que Irán mantenga el control del estrecho y genere suficiente presión internacional como para obligar a Estados Unidos a ceder.
En definitiva, estamos ante una situación de resistencia, donde podría ganar quien logre sostenerse por más tiempo. Desde cierta perspectiva, Estados Unidos podría tener más que perder, aunque el desenlace sigue siendo incierto. Lo que sí parece claro es que, con o sin cambio de régimen, la región permanecerá inestable. Los países de la zona probablemente tardarán en recuperarse tanto económica como industrialmente, especialmente en sectores clave como el petróleo y el gas.

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