Donald Trump y Xi Jinping han vuelto a sentarse juntos y, después de todo el ceremonial de una visita de Estado, probablemente la conclusión más importante sea bastante sencilla, Estados Unidos y China han decidido que ahora mismo no les interesa volver a pegarse. Puede parecer poca cosa, pero después de unos años en los que ambos países llegaron a amenazarse con aranceles superiores al 100%, mantener la pelea dentro de unos límites razonables empieza a ser casi una política económica en sí misma.
El acuerdo más concreto es la extensión durante dos meses de la actual tregua comercial, que debía expirar en noviembre. Según Scott Bessent, el nuevo plazo se prolongaría hasta el 10 de enero, dando tiempo a ambos equipos para intentar construir un acuerdo económico más amplio. Dicho de otra manera, han aplazado el examen y ahora tienen hasta después de Navidad para estudiar.
Esto no significa que se hayan resuelto los principales problemas. De hecho, probablemente ocurra justo lo contrario. Los aranceles siguen ahí, China continúa teniendo una enorme capacidad de presión mediante las tierras raras y Estados Unidos mantiene sus restricciones tecnológicas. Washington reconoce que Pekín está cumpliendo aproximadamente con su compromiso de comprar 25 millones de toneladas de soja estadounidense, pero continúa retrasado respecto a otros 17.000 millones de dólares prometidos en productos agrícolas. Los estadounidenses también consideran insuficiente el flujo de algunos minerales críticos chinos.
Y aquí aparece uno de los puntos que creo que merece más atención. Durante años hemos hablado de los aranceles como la principal herramienta estadounidense contra China. Ahora Pekín ha conseguido una bastante interesante por su cuenta. China controla alrededor del 70% de la extracción mundial de tierras raras y más del 85% de determinadas fases de refinado y producción. Cuando tienes prácticamente las llaves del almacén donde tu rival busca materiales para fabricar semiconductores, motores, sistemas militares o turbinas, la negociación comercial adquiere ciertos matices.
También se ha avanzado en crear mecanismos de diálogo alrededor de la inteligencia artificial, aunque aquí Trump y Xi parecen coincidir aproximadamente en que deberían hablar mientras discrepan sobre casi todo lo que deberían decir. Xi insistió en que la IA debe permanecer bajo control humano, mientras Trump continúa defendiendo un enfoque con muchas menos restricciones regulatorias. Los equipos de ambos países ya habían acordado mantener un diálogo específico sobre riesgos e incidentes relacionados con IA y tienen prevista otra reunión de alto nivel en Shenzhen dentro de aproximadamente dos meses.
Taiwán sigue siendo, como era previsible, uno de los elefantes de la habitación. Xi pidió a Estados Unidos que trate la cuestión con “prudencia” y volvió a presionar para que Washington se oponga explícitamente a la independencia taiwanesa. Por ahora no hay señales públicas de que Estados Unidos haya modificado su formulación tradicional. Es importante porque una palabra aparentemente pequeña entre “no apoyar” y “oponerse” puede significar bastante cuando detrás hay portaaviones.
Tampoco parece haber grandes avances respecto a Irán. Xi defendió una vuelta al alto el fuego y a las negociaciones, pero Pekín no ha mostrado públicamente que vaya a ejercer la presión sobre Teherán que Washington lleva meses reclamando. Esto importa también económicamente. China necesita energía barata y estable, mientras Estados Unidos necesita normalizar Oriente Medio para rebajar un precio del petróleo que se ha convertido en otro problema inflacionario.
Por eso creo que la semana que viene puede ser incluso más importante que las fotografías de estos días. Xi ha asegurado que los equipos económicos han alcanzado un “nuevo acuerdo común”, pero los detalles todavía no se han publicado por completo. La próxima fase debería aclarar cómo se implementan las medidas sobre comercio, compras agrícolas, minerales críticos y posiblemente reducciones arancelarias sobre determinados productos.
Y ahí será donde el mercado tendrá que separar diplomacia de economía.
Para las bolsas, mantener la tregua elimina de momento uno de los grandes riesgos de cola. Para Boeing y los productores agrícolas estadounidenses importa saber si China transforma sus promesas en compras. Para las tecnológicas importa conocer qué ocurre con los controles de chips y tierras raras. Y para el resto del mundo importa algo todavía más básico: que las dos mayores economías del planeta hayan decidido competir sin volver a intentar estrangular sus cadenas de suministro cada tres meses.
Trump y Xi no han solucionado la relación entre Estados Unidos y China. Probablemente eso no ocurra durante muchos años.
Pero sí parecen haber acordado algo bastante más realista, seguir discutiendo sin incendiar la economía mundial mientras lo hacen. Viendo cómo está el resto del planeta, tampoco parece un objetivo menor.
El acuerdo más concreto es la extensión durante dos meses de la actual tregua comercial, que debía expirar en noviembre. Según Scott Bessent, el nuevo plazo se prolongaría hasta el 10 de enero, dando tiempo a ambos equipos para intentar construir un acuerdo económico más amplio. Dicho de otra manera, han aplazado el examen y ahora tienen hasta después de Navidad para estudiar.
Esto no significa que se hayan resuelto los principales problemas. De hecho, probablemente ocurra justo lo contrario. Los aranceles siguen ahí, China continúa teniendo una enorme capacidad de presión mediante las tierras raras y Estados Unidos mantiene sus restricciones tecnológicas. Washington reconoce que Pekín está cumpliendo aproximadamente con su compromiso de comprar 25 millones de toneladas de soja estadounidense, pero continúa retrasado respecto a otros 17.000 millones de dólares prometidos en productos agrícolas. Los estadounidenses también consideran insuficiente el flujo de algunos minerales críticos chinos.
Y aquí aparece uno de los puntos que creo que merece más atención. Durante años hemos hablado de los aranceles como la principal herramienta estadounidense contra China. Ahora Pekín ha conseguido una bastante interesante por su cuenta. China controla alrededor del 70% de la extracción mundial de tierras raras y más del 85% de determinadas fases de refinado y producción. Cuando tienes prácticamente las llaves del almacén donde tu rival busca materiales para fabricar semiconductores, motores, sistemas militares o turbinas, la negociación comercial adquiere ciertos matices.
También se ha avanzado en crear mecanismos de diálogo alrededor de la inteligencia artificial, aunque aquí Trump y Xi parecen coincidir aproximadamente en que deberían hablar mientras discrepan sobre casi todo lo que deberían decir. Xi insistió en que la IA debe permanecer bajo control humano, mientras Trump continúa defendiendo un enfoque con muchas menos restricciones regulatorias. Los equipos de ambos países ya habían acordado mantener un diálogo específico sobre riesgos e incidentes relacionados con IA y tienen prevista otra reunión de alto nivel en Shenzhen dentro de aproximadamente dos meses.
Taiwán sigue siendo, como era previsible, uno de los elefantes de la habitación. Xi pidió a Estados Unidos que trate la cuestión con “prudencia” y volvió a presionar para que Washington se oponga explícitamente a la independencia taiwanesa. Por ahora no hay señales públicas de que Estados Unidos haya modificado su formulación tradicional. Es importante porque una palabra aparentemente pequeña entre “no apoyar” y “oponerse” puede significar bastante cuando detrás hay portaaviones.
Tampoco parece haber grandes avances respecto a Irán. Xi defendió una vuelta al alto el fuego y a las negociaciones, pero Pekín no ha mostrado públicamente que vaya a ejercer la presión sobre Teherán que Washington lleva meses reclamando. Esto importa también económicamente. China necesita energía barata y estable, mientras Estados Unidos necesita normalizar Oriente Medio para rebajar un precio del petróleo que se ha convertido en otro problema inflacionario.
Por eso creo que la semana que viene puede ser incluso más importante que las fotografías de estos días. Xi ha asegurado que los equipos económicos han alcanzado un “nuevo acuerdo común”, pero los detalles todavía no se han publicado por completo. La próxima fase debería aclarar cómo se implementan las medidas sobre comercio, compras agrícolas, minerales críticos y posiblemente reducciones arancelarias sobre determinados productos.
Y ahí será donde el mercado tendrá que separar diplomacia de economía.
Para las bolsas, mantener la tregua elimina de momento uno de los grandes riesgos de cola. Para Boeing y los productores agrícolas estadounidenses importa saber si China transforma sus promesas en compras. Para las tecnológicas importa conocer qué ocurre con los controles de chips y tierras raras. Y para el resto del mundo importa algo todavía más básico: que las dos mayores economías del planeta hayan decidido competir sin volver a intentar estrangular sus cadenas de suministro cada tres meses.
Trump y Xi no han solucionado la relación entre Estados Unidos y China. Probablemente eso no ocurra durante muchos años.
Pero sí parecen haber acordado algo bastante más realista, seguir discutiendo sin incendiar la economía mundial mientras lo hacen. Viendo cómo está el resto del planeta, tampoco parece un objetivo menor.
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